Joel Sangronis Padrón: La recuperación de la africanidad.

La recuperación de la memoria histórica de nuestro pueblo es quizás una de las mayores tareas que se le presentan a la joven revolución que hoy intenta el pueblo venezolano. Desde hace 500 años la presencia africana en nuestra historia y nuestra sociedad ha estado olvidada, distorsionada y tergiversada. 

Quienes estudiamos la historia patria oficial no dejamos de sorprendernos amargamente de no encontrar en ella la presencia de los africanos y sus descendientes más que en forma anecdótica y superficial cuando no despectiva y prejuiciada. Se nos enseña la historia patria, con sus mantuanos, con sus patriotas guerreros, con sus cabildos y sus obispos, pero no aparece por ninguna parte el aporte que dieron los brazos, la mente y el corazón de los hijos esclavizados de África en América. Como bien lo dice Miguel Acosta Saignes en su obra Vida De Los Esclavos Negros En Venezuela: ?toda la sociedad colonial descansó en Venezuela sobre las espaldas poderosas de los africanos y sus descendientes; sobre su valor y su extraordinaria resistencia; también sobre su inteligencia y su entereza; sobre su capacidad inagotable de esperanza y sobre su indoblegable espíritu de rebeldía?. 

Hoy, se abren caminos de esperanza y reivindicación a quienes descendemos de la raza primigenia de la humanidad. 500 años de humillaciones, maltratos y exclusión han marcado con el hierro infamante de la iniquidad a quienes descendemos de los que fueron arrancados de sus tierras y de sus familias por el yugo miserable de la esclavitud. 

África sigue viva en América. La rebeldía y el ansia de libertad no pudieron ser callados en los vientres húmedos, pestilentes y aterradores de los barcos negreros, ni en las cadenas, ni en el látigo del mayoral; sobrevivieron en los cantos, danzas y leyendas con que los hijos de África se aferraron siempre a la esperanza de su libertad, de su dignidad, esas mismas esperanzas que se tradujeron en gritos de rebeldía en los alzamientos, cimarroneras, cumbes y rochelas de las que están llenos los siglos XVII y XVIII de la historia de Venezuela pero que no son recogidos por la historia oficial de nuestra clase dominante. Levantamientos como los del zambo Andresote en el centro del país, del Rey Miguel en Buría, que logró formar un reino africano en las montañas de Yaracuy a finales del siglo XVI con su reina de nombre Giomar; del alzamiento de José Leonardo Chirinos en las montañas de Falcón, ahora por fin recordado y reivindicado.

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Los africanos y sus descendientes opusieron siempre a la tiranía del esclavista la libertad de sus cantos y tradiciones milenarias; a la miserable tristeza del opresor levantaron siempre la cadencia y sensualidad de sus bailes y sus liturgias. Los dioses africanos nunca murieron en América, simplemente cambiaron de nombre para burlar a los amos y a sus caporales espirituales, tales fueron los casos en Venezuela del culto a san Juan bautista en la región central del país y de san Benito en el occidente del mismo, ambos cultos integrados con instrumentos y liturgias africanas casi en su totalidad. El Chimbanguele, el Cumaco, el Quitiplas nos evocan nombres de deidades allende el mar: Oshun el de las aguas dulces; Yemayá o Ienmaja como la llaman en Brasil, es la diosa del mar; Changó, mujeriego y parrandero; Obatalá con sus flores blancas, el Orisha mayor; Babalú Aye, Señor de las plagas y las enfermedades; Elleguá, Señor de los caminos y protector de los viajeros; Oggun, Dios del monte y sus animales. Los nombres de estas deidades fueron, en muchos casos, sustituidas por santos del santoral católico, pero la fe y la manera de adorarlos nunca cambió. 

África sigue viva en nuestra América mestiza y pujante. Sigue viva en el nombre de poblados como Machango de evidente origen africano aunque sus pobladores, afrodescendientes en su gran mayoría, no lo sepan. Sigue viva en palabras como Guineo, Mondongo, Casimba, Ñame, Bemba, Mandinga, Chimbanguele, Fulía, Sangueo, etc. Hasta nuestro padre de la patria, Simón Bolívar, si hemos de creer a lo que afirma Francisco herrera Luque en su novela ?Los Amos del Valle?, tenía en sus venas sangre africana, y no sólo adquirida a través de la leche de su aya Hipólita, pues descendía por la rama paterna de Petronila Marín de Narváez, bisabuela de  estirpe bantú de quien heredó las minas de cobre de Aroa. 

Ojalá sea cierto que está comenzando una nueva página de la historia para los afrodescendientes en nuestra patria. Más allá del hecho de que la enorme mayoría de los venezolanos tenemos sangre africana e indígena en nuestras venas, es evidente que la discriminación y la exclusión han sido directamente proporcionales al color de la piel en nuestra sociedad. La recuperación de la africanía, del orgullo de ser lo que somos ha de marcar la verdadera revolución en este aspecto. 

 

JOEL SANGRONIS PADRÓN

joelsanp02@yahoo.com

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